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martes, 1 de enero de 2013

XXXVIII

Este es el capítulo 38 de Mujer de Canela, que no está publicado en el libro. Hoy he decidido compartirlo con vosotros. Es otro final para la historia, aunque el que esta en el libro es el que toca. Esta mañana en la meditación he sentido que lo tenía que compartirlo con vosotros, los lectores, aunque ya este de sobra en cuanto a la historia se refiere, ya que el final publicado es el final definitivo, pero como estoy practicando el hacer en cada momento lo que siento, pues ahí va:


XXXVIII
Una semana más tarde.

Ángela se encontraba en la misma habitación donde Marlani dejó de respirar. El escenario que se abría ante los ojos de Miren era esta vez muy distinta. En su bolso el cuaderno rojo de Federica, abriéndola para su lectura en cada instante que podía. Rafa no quiso acompañar a Ángela en sus últimos momentos, no tuvo el suficiente tiempo ni para olvidar ni para perdonar. Decidió quedarse en el pasado, en el recuerdo, más allá de la realidad que tenía que afrontar. El duelo que llevaba en su interior lo justificaba todo, por lo menos para él. Miren estaba siendo el bastón para Ángela. El fallecimiento de Federica hizo que la tristeza llegase a su cuerpo y las células abandonasen la lucha que mantenían por la vida.
– Has generado tanta dureza durante toda tu vida tía– le decía por segunda vez desde la silla donde estaba sentada Miren.
Durante los dos días que Ángela llevaba en el hospital fue progresivamente perdiendo la vista, hasta que los médicos confirmaron que el tumor alcanzó por completo la capacidad visual, confirmando aquella mañana que ya estaba ciega. Advirtieron a Miren que en menos de 24 horas el corazón dejaría de latir. Miren comenzó a escuchar aquel músculo de la vida hace sólo unos días. La sobrina no paraba de pensar en las preguntas que aún le quedaban por hacer a su tía.
Encima de la cama, miraba a la mujer de los ojos cerrados, y Miren sin tener que cerrar los suyos, veía en el mismo lugar, cubierta con una sabana el cuerpo de su madre. Instantes que se intercalaban en su mente con las preguntas y escenas del pasado. Miren tomó entre sus dos manos la mano arrugada de Ángela. Ella aún podía hablar lentamente.
­– ¿Crees que me estarán esperando en el infierno? – con un susurro pronunció la frase.
– No digas eso, no te mereces el infierno, yo estoy aquí y estas perdonada. No digas eso…
Ángela con las pocas fuerzas que tenía apretó la mano derecha de Miren y le dijo:
– Acércate, acércate – mientras en la oscuridad sólo veía sombras.
– No me merezco tu perdón. No soy una persona buena, aunque tú no me creas.
– Me has abierto tu corazón, aunque tarde pero lo has hecho. No quiero vivir en el rencor Ángela.
– Cuando leas el testamento que abrirás en unos días me entenderás.
Después de la muerte de Federica, Ángela le comunicó a Miren que ella iba a ser la heredera universal de los Querexeta. Durante los dos días siguientes de la muerte de Federica, las dos mujeres de la familia arreglaron en varias visitas a la gestoría todos los documentos que daban poder absoluto a Miren. Después de hablar con Jaydev y siguiendo su forma de entender la vida, decidieron vender las ocho propiedades que iba a heredar y con ese dinero poder cumplir el sueño de Jaydev y Miren de crear una fundación en India, en Mount Abu, en el lugar donde se conocieron para dar servicio sanitario a los habitantes de las aldeas de alrededor. Jaydev ya se encontraba de nuevo en India presentando el proyecto ante distintas autoridades y Miren en unos días empezaría con los mismos trámites. El pueblo de Behinola cooperaría en el proyecto de tal forma que al final de ese mismo año organizarían un viaje con los habitantes del pueblo para que conociesen India.
La respiración de Ángela empezó a acelerarse. Intentaba abrir los ojos, pero los parpados eran un telón que no subía, después de aquella actuación no había nada más que mostrar en el escenario.
– Ponte tranquila, respira tía– le decía Miren mientras recorría sus arrugas de la cara con su mano.
– La muerte– se pudo escuchar entre inhalación y exhalación.
Aunque ya no podía ver, pudo reconocer la presencia de la muerte. En su mundo oscuro divisó un caballero vestido de negro encima de un caballo de pura raza. Ella estaba sentada en una silla de mimbre, balanceándose hacia delante y hacia atrás. Desde la ventana vió a la muerte. Le pregunto quién era, y le contestó que venía a por ella. “Soy la muerte y nos tenemos que ir juntos” le dijo. Ángela se levantó poco a poco de la silla, dejándolo en movimiento y sentía que se cansaba mientras caminaba. En cada paso se le aceleraba el corazón. Se quedó de pie frente a frente del caballo. Miró hacia atrás y en la silla vio que estaba sentada Marlani. “¿Tú qué haces aquí?” le preguntó. Marlani no contesto, sólo sonreía. Volvió a preguntar de nuevo, y Marlani contestó: “no estoy sola mira quién está conmigo además de Federica, nuestra madre”.
– Tranquila– le decía Miren.
Fue lo último que escucho Ángela. De nuevo los dos hombres interrumpían en la habitación. El cuerpo sin vida quedó cubierta con una sábana blanca. Se lo llevaron de inmediato. Al día siguiente le incinerarían y Miren tal como prometió esparciría sus cenizas en el monte Loreto.
Dos días más tarde y después de cumplir todas las promesas, Miren se encontraba en el despacho del notario Azpillaga situado en la calle Urbieta de San Sebastián. El notario abrió la carpeta y comenzó a dar los pasos necesarios para la lectura del testamento. Nada nuevo para Miren ya que sabía todo lo que heredaba.
Hasta que Azpillaga sacó un sobre cerrado, donde se podía leer: para Miren.
Abrió bruscamente el sobre y sacó dos papeles; una carta escrita por Ángela y otra un certificado de nacimiento. Miren entendió todo al instante. El nombre que figuraba allí era el de Ignacio de Querexeta y la fecha de nacimiento era el mismo de Marlani.
– No me lo puedo creer– anonadada pronunció en voz alta– ¿dónde, dónde estará?
La respuesta la tenía Marlani, era la persona que estaba con ella, toda la familia ya estaba junta.

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